Reseña: La Libertad del Diablo

Reseña: La Libertad del Diablo

Un documental desolador sobre las consecuencias de la violencia y la guerra contra el crimen organizado que azota a México, por medio de testimonios de víctimas y victimarios donde el dolor, el miedo, la compasión y el arrepentimiento salen a relucir a través de una máscara

Por Néstor García | 22 de Julio, 2017

A diferencia de otras películas, este documental retrata la vida de personas reales que, como tú y yo, llevaban una vida normal hasta la llegada del evento que marcó un antes y un después en su vida. Aquí no hay actores, tan solo testimonios. Aunque no recuerdo exactamente las palabras mencionadas, trataré de exponer la idea de su mensaje con palabras lo más fieles posibles.


ACTUALIZACIÓN 17-SEPTIEMBRE-2018: Ya puedes encontrar el documental en iTunes, directamente en este enlace.

"No toda película tiene que ser divertida". Esta frase, escrita por el crítico de cine Roger Ebert (1942-2013) el 2 de noviembre de 1990, me ayuda a recordar que muchos trabajos, en especial los más impactantes, críticos y que sean capaces de inspirar en nosotros emociones desagradables, también pueden ayudarnos a descubrir las ideas que su creador, su equipo y colaboradores, buscan imprimir y compartir: ideas que pueden invitar a la reflexión, mostrar una realidad que no conocemos del todo, informarnos y enseñarnos. Ese es el caso de 'La Libertad del Diablo'.

Directamente de su sinopsis en el sitio de la Cineteca Nacional:

Los testimonios de una serie de personajes anónimos, cubiertos por máscaras idénticas, describen la decadencia moral y la pérdida de sentido en un México inmerso en la barbarie y la confusión de la llamada “guerra contra el narcotráfico”. En su más reciente largometraje, el documentalista Everardo González colabora con el reconocido periodista de investigación Diego Enrique Osorno, uno de los más destacados cronistas de la guerra en el norte del país, para explorar, a partir de íntimos testimonios tanto de víctimas como de policías y victimarios, el trasfondo psicológico de uno de los episodios más oscuros de la historia de México.

Tan solo comenzar, podemos escuchar unas palabras: "... Veo gente enloquecida, chispas de locura, de barbarie total... no puedo pensar en esas personas como mis iguales, en esas condiciones, en esos momentos; no puedo sentir una hermandad con ellos. Y sin embargo, seguimos siendo de la misma especie." Todo esto, con una pantalla totalmente oscura, no podemos ver nada más. Y cuando finalmente podemos ver un paisaje, se nota sin vida. Desolado. Oscuro. En unos segundos más, un cuerpo, abandonado en un bosque y con la cabeza cubierta por una bolsa. Apenas comenzaba esta cinta, y el sentimiento que imprime en ti es demasiado fuerte. Por más terrible que es escuchar los diversos testimonios que se presentan, creo que es una película obligada, no solo para México y la actual generación que vive aquí, sino para el mundo y futuras generaciones. Este documental será un recuerdo vivo, latente, de las terribles acciones que somos capaces de cometer contra nuestros semejantes, y desgraciadamente, de las consecuencias que traen consigo.

Durante toda la película, observaremos a personas cubiertas con máscaras. Mientras que estas ayudan a proteger su identidad, abren una puerta para ayudar a reflejar sus emociones, mucho más intímas, por medio de la misma: la mirada de las personas involucradas podrá mantenerse fija, fuera de ese lugar en ocasiones. En otras, tendremos miradas fugaces, incapaces de mantener la visión fija. Ojos llenos de tristeza, lagrimas emanando de los recuerdos que llegan a ellos: recuerdos del dolor y sufrimiento de ser víctimas, de haber perdido a su familia, de sentirse impotentes ante esta situación. Ojos cubiertos con remordimiento por las acciones que han hecho, recordando los últimos momentos de sus víctimas.

Hay casos donde civiles, como muchos de nosotros, en un día común y cualquiera sufrieron una pérdida. Casos donde ellos mismos son las víctimas. Se siente impotencia al escuchar, al ver sus reacciones. Un día cualquiera, quizá viendo la televisión, quizá descansando. Un día en el que simplemente cambiaron las cosas para ellos, donde madres, padres, hijas, hijos, hermanas y hermanos desaparecen en tan solo un instante. Experiencias de personas, deseando haber llegado un poco antes, castigándose a sí mismas, con la idea de que quizá, unos minutos antes, las cosas serían distintas, donde el sacrificio mismo parece una mejor opción.

"Hubiera sido más bonito morir en el intento de rescatarlos... Creo que es más feo tener a un familiar desaparecido, que a un muerto. Con un muerto, tú sabes que ya no está aquí. Con alguien desaparecido, no puedes descansar, y si lo encuentras, sólo piensas que si hubieses llegado antes, quizá las cosas serían distintas".

Así también, damos un breve vistazo a algunas autoridades, como soldados, y su forma de trabajar. Por un lado, ¿cómo confiar en un sistema que ni siquiera es capaz de confiar en sí mismo? Donde aquellos que trabajan en él se sienten con un sentimiento de poder que los hace sentir por encima del resto de nosotros. Y por otro lado, soldados que buscan hacer un cambio en el país, aunque eso implique tomar el rol de vigilantes y, en muchas situaciones, acabar con la vida de un criminal. Un sistema roto, una cloaca que emana una esencia putrefacta.

Y también, vemos testimonios de victimarios: en algunos casos, relatando lo orgullosos que se sentían en esos momentos, la adrenalina y emoción de ejecutar una acción tan horrible, desprendiendo de la vida a una persona, igual a ellos; a una persona que pudiese hacerles recordar “ese podría ser yo”. Hay remordimiento. Miradas vacías, sabiendo las terribles acciones que han hecho; voces que en un momento cualquiera, en medio de la soledad, les llenan de dolor y de remordimiento antes sus acciones. Y en algunos casos, hay resignación, ante un futuro desolador y el final de sus días.

"¿Has pensado sobre tu muerte? Sí. Como dicen, 'El que a hierro mata, a hierro muere'. Creo que así voy a morir".

"Es un asco ser un soldado".

"Con todo el corazón, pediría perdón".

"Ahora sí vuelves a vivir, hijo de la chingada".

"Mi mamá se fue con ellos, decía que era para que no le pegaran, pero creo que era para protegernos".

"Los huesos sí hablan".

"Sí, realmente sí quería mi vida, es lo que más temía, que me la fueran a quitar”.


"Y entonces les preguntabas, '¿Cuántas personas has matado?' 'Cinco.' Ahí sabías que esas personas no tenían ya un sentido en su vida, y tenías que acabar con ellas, porque seguirían lastimando a más personas después."

Poco a poco, seguimos por este oscuro túnel, vacío, solos.

"Me hinqué en la tierra para escarbar, y yo vi que eran los tenis de mis hijos. Les decía 'déjenme ver para ver si son mis hijos' pero ya había visto sus tenis, sabía que eran ellos."

Y al final de ese oscuro túnel, encontramos piedad y compasión ante los presuntos autores de esos terribles crímenes. Encontramos odio y sed de venganza por todo el dolor que causaron. Encontramos un dolor constante, de saber que nuestra familia se encuentra desaparecida en algún lugar de este gran mundo, quizá, con vida.

Encontramos a una mujer que decida retirar su máscara. Y entonces un pensamiento atraviesa mi mente, un impacto profundo y repentino. "Podría ser mi mamá". Podría ser alguien de mi familia. Y podría estar buscándome.

Y esa persona es una madre, un padre, una hermana, una pareja, un hijo, un tío, una amiga. Esa persona convive con nosotros día a día. Y sigue buscando, quizá a esa persona, quizá la resignación, quizá la paz, tratando de superar el miedo y el dolor causado por aquello que la violencia arrebató de su vida.

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